I
Me escribo para entenderme, me leo para
para aclararme, para volver a mi centro y no caer en la ilusión de la
cotidianidad. Para comenzar a hacer la realidad que quiero ver a diario,
escribo cada día. Le doy espacio a la escritora. Porque cada minuto que paso
ignorándola, haciendo algo que no le satisface, que no le gusta, que no le
nutre, me pongo en serio peligro. No
quiero tenerla relegada nunca más: voy a darle su posición. La merece más que
nadie en este mundo.
En un tiempo imperceptible ella está
construyendo mis logros. Es la única que conoce mis fantasmas, que tiene mis
respuestas. La que me entiende; quien sabe hacia dónde vamos y lo que vamos a
conseguir. Ella, dedicada y paciente, me comprende. Es consuelo y la mejor
–quizás la única– compañía.
Mis padres me dieron la vida, pero la
literatura me dio sentido y dirección. Es lo que me mantiene viva, avanzando. Porqué
una vida sin sentido no es nada. Y la falta de motivación vital engendra
suicidas. Gente que se echa a morir, o que mata. Mi impulso es la palabra, con
ella me mantengo aferrada a la existencia. Soy afortunada: por el arte, la
lectura, la educación, la escritura, la vida vale.
II
Por mucho tiempo viví desdoblada: siendo
una en mi mundo interno, y otra allá afuera. La escritora, la creativa, estaba
oculta, escondida, creando a solas, en silencio, tranquila y muy a gusto en mi
interioridad. Ella no se complica. Mientras la otra, yo, la yo proyectada al
mundo se adapta a todo y cubre todas las expectativas, intentando ser chévere,
hacerse un lugarcito en una parcela de realidad, hacer vida social… Y la
escritora se parte de risa frente aquella pantomima. Sabe que sólo a través de
ella la vida auténtica pueden ser posible. Conectar con la vida es cuestión de
escribir.
Llegué a escribir un poema declarando que
soy dos “la que escribe y la que vive”. Una triste realidad, y un enorme
desacierto esa frase, que me separa del espíritu de la escritora que soy.
Excepto cuando escribo, todo demás es una máscara. No estoy ahí, sólo finjo. La
escritura es mi vida. La escritora soy yo. No tenía el valor de darle su lugar,
hasta ahora. No sabía cómo. Pensé que el mundo la destrozaría, y la oculté. Una
locura que no me llevó a nada. Al final, vivo por ella, por ella soy: escribiendo
soy eso que vine a ser a este mundo. Allí está mi felicidad.
III
La escritora ha sido mi leal
compañera. Me conoce mejor que nadie. Sólo por eso es más sabia que cualquiera.
No me guarda rencor por ocultarla, al contrario, mientras menos sabe la gente
de ella menos fastidia su creación. Nadie influye en mí y ella es libre de
crear, sin prejuicios ni limitantes. El problema lo tenía yo, viviendo en un
postureo continuo, desgastante. Haciendo lo que no quería, dejándome influir
por el mundo y la opinión ajena en lugar de fluir con lo que somos ella y yo.
Ella lo tuvo claro desde los 9 años,
cuando leímos por primera vez relatos de Quiroga y Poe. “¡Vamos a escribir!
¡Hagamos que la gente no pueda dormir de miedo, como nosotras!”. Desde allí,
desde mi infancia, no he parado de leer y escribir, sin embargo, apenas hoy —ya
treintona— estoy alineada en el camino de la escritora. Hasta ahora vivo
plenamente la escritura a consciencia. Vivo porque escribo.
Por fin la escritora y yo somos una
sola.
IV
El ojo de la escritora es el
ojo de mi alma. Ella es la visionaria, ve algo que nadie más puede ver salvo
nosotras. Cuando me siento más lejos de mí misma, si las cosas no van bien,
escribo. Así me hace saber que no estoy sola, ni las cosas están tan mal como
podrían estar. Hemos estado peor, en honor a la verdad. Hay cosas más terribles
que estar sin trabajo y no tener dinero: no estar alineados con el alma, por
ejemplo. Las finanzas, el trabajo se recuperan. El alma olvidada, jamás.
El alma escoge el camino. A más nadie hay
que escuchar. No estoy –no estamos todos en pie en esta Tierra– en este mundo
por casualidad. Tengo un motivo. Mi motivo es crear. La escritora lo sabe, ya
trazado mi ruta. En ella vuelvo a mi
centro. Es mi única constante escribir, crear con la palabra.
Desde pequeña compaginaba los libros con
las muñecas; tuve la suerte de tener buenas maestras, una buena escuela, vivir
en un barrio con una biblioteca pública cerca y sacarme un carnet de préstamo.
Pedía libros, leía y escribía. Mis diarios eran cuadernos enteros de
pensamiento sobre todo lo que vivía y descubría. Mi pequeña e infantil existencia
estaba bien documentada, narrando y cuestionándome en cada página escrita
absolutamente todo a mí alrededor. Así ha sido siempre. Sigo escribiendo para
darle un sentido a la vida. Muy pocos son los días donde no haya escrito nada.
Con el paso del tiempo escribo cada vez más.
Escribiendo me siento bien, estoy en
feliz, en paz. Es lo que quiero hacer hasta el día que me muera. Es mi lugar.
La lectora que soy, los escritores que leo; la escritora que soy; mis escritos,
las historias leídas y escritas, los libros todos componen mi universo. Cuando
escribo sé dónde tengo que estar.
V
Sí, hay un mundo allá afuera, pero a mí la
vida me toca hacerla desde las letras para que sea fiel a mi alma, real, dulce
y placentera. La fiesta de la vida es un relato, una narrativa luminosa y
creativa de la existencia que ha de imponerse. Sí llega la noche, el frío, el
invierno, la muerte, no pierdo la esperanza porque sé que en un relato está la
vida: ya la hice, ya la viví, y puedo hacerla otra vez. En el silencio y la
soledad de la literatura, leyendo y escribiendo, la fiesta tiene su momento. La
noche oscura del alma es un tránsito, una parte del ciclo que demanda la luz
interior, antes de llegar el día, el verano, la vida.
En la oscuridad del mundo, esa oscuridad
que demanda tanta luz interior, en ese espacio negro aprendí a mirar un vacío
fértil fuente de vida. Allí es donde nuestra alma ilumina. Depende de nosotros
cómo vamos a emplear esa luz. El fuego de mi espíritu, mi energía, toda mi
humanidad, esta puesta al servicio de la escritora. Mi entrega total, mi
compromiso es con ella. La honro, la escucho, la dejo hablar. Que escriba y se
manifieste.
VI
Ha terminado de redactar, acaba de levantarse de la silla. Vamos juntas a la cocina, a prepáranos otro café y desayunar. Apenas son las 4:30 a.m. Saldré a trabajar, haré unas diligencias después del turno, espero no tardar demasiado. La corrección de otro texto me espera. Sé que esta noche volverá, sin falta. Jamás se pondrá en mi lugar de asalariada. En cambio yo si tengo que cederle mi asiento frente al computador todos los días, y está perfecto. Es lo correcto. Así debió ser desde hace bastante tiempo. Ya no soy yo quién se sienta frente al teclado, pero me voy acostumbrando. Es bueno no ser esa yo con mis tonterías y miedos, una cualquiera ahí sentada aporreando teclas… mejor que sea ella. Puesta en sitio que le corresponde. La escritora que ha cobrado vida, por fin.
