lunes, 3 de marzo de 2025

Relato | Layla

 

 

I

 

     Layla se encontraba en la habitación compartida con su hermano Eric, tratando de escribir un cuento para la clase de literatura cuando de repente fijó su atención en la biblioteca al observar el hueco de un libro faltante. «Claro, la novela de Agatha que le presté: ¡ya me había asustado!» pensó. Era demasiado celosa de sus libros. Sin embargo, el temor no cesaba: «¿Y dónde tendrá el libro? Ése que es más descuidado… el último que le di (Drácula ¿no?) me lo devolvió con la tapa doblada…» se dijo a sí misma mientras seguía recorriendo insistentemente la habitación con la mirada.   

      Pero el libro no regresó a sus manos. Algo estaba pasando con Erick, y Layla lo sabía.   

      Después no fue sólo el libro de Agatha, también los de Savater, Poe, los coleccionables de National Geographic y los diálogos de Platón de la Gredos, los más caros. Y pasado un mes, ya no eran únicamente libros: eran sus discos, sus películas, su colección de postales… Eric la estaba robando. Comenzaron las peleas entre ambos, cada vez más frecuentes e insostenibles, hasta que el vicio –absurdamente ignorado por sus padres– unido a la falta de dinero suficiente para mantenerlo llevaron a Eric demasiado lejos.   

 

     Un día, distraída subiendo por las escaleras del edificio, Layla chocó por accidente con Andrea, la pelirroja del piso 7. Cual viejas amigas se sentaron a charlar en los escalones del pasillo, pues, hace mucho que no se veían. Layla notó un detalle poco usual en ella, y preguntó:   

      ¿Qué tal esa camisa Andrea? ¿No sabía qué te gustaba el rock?

      Ah, ésta respondió la chica bajando la mirada para observarse la prenda mejorBueno, no es que me guste la banda, pero el diseño me encantó ¡me luce para mis clases de electrotécnica! Además, de que te extrañas si tiene tu buen gusto; se la compre a tu hermano. De seguro le ayudaste a escoger la mercancía, ¿cierto?

     Layla escuchaba en silencio. Aquella era la camisa de AC/DC que tanto le había costado traer de la tienda oficial en Canadá. Era de colección. Desde que la compró la mantuvo en su empaque; nunca se la había puesto.   

 

      Ese mismo día se enteró que la mitad de su ropa había sido vendida a la urbanización, lloró e hizo sus maletas, dispuesta a no saber de Eric nunca más. En la noche tomó un autobús y viajó al otro lado de la ciudad hasta la casa de su tío Jim, un solitario militar retirado que la apreciaba por su carácter y no le negaría nada. Llegó a su destino a eso de las once de la noche, bajo una lluvia torrencial, empapada, con el maquillaje chorreando, los cuatro trapos que le habían quedado y un Fallkniven recién usado oculto al fondo de su cartera, para quedarse allí por siempre.

      Jamás volvió a ver a su hermano.  

      Ni ella, ni nadie, puesto que lo había matado.   

 

 

II

 

…got me on my knees, Layla / I'm begging, darling please, Layla / darling won't you ease my worried mind…

 

 

     Poco a poco iba disminuyendo el sonido de la radio, y con él, los últimos acordes de la guitarra de Clapton.  La melodía cesó dando paso a una voz masculina –nada musical– que la hizo saltar del asiento.

       ¡Andrea! ¡Es que no escuchas que bajes a comer! 

     Sobresaltada por la repentina intromisión de su padre en su habitación, una delgada señorita pelirroja despertó de sus ensoñaciones. Aún tenía puesta la mirada en el librero.

    ¡Claro! Pero que vas a estar escuchando tú con esa música a toda mecha agregó el hombre, mientras echaba un vistazo curioso al mar de discos en la cama de su hija.

     ¡Ay, Dios! Me quede colgada pensando otra vez… Lo siento papá, bajaré en seguida: es que tengo un cuento por terminar y… ni siquiera he comenzado dijo la chica, haciendo un mohín de disgusto con la boca.

     Cómo quieres terminar la tarea, niña, si te pones a divagar, y escuchando música, de paso…

     Es Unplugged papá, mi disco favorito, tu sabes… dijo Andrea levantándose de la silla, corriendo a subir nuevamente el volumen a la radio y sus temas no son cualquier cosa ¿eh?, son LOS temas. Escucha éste que sigue ¡Lo adoro!... One, two…

   Si niña, pero mientras tu escuchas “LOS temas” replicó el padre, remedándola y haciendo el gesto de las comillas en el aire tienes la comida fría ahí abajo.

    ¡Papí vale! Estoy haciendo tarea, y cuando hago tarea escucho música: la música inspira, sabías. Es más, ya hasta tengo una idea.

   Lo que significa que no vas a comer entonces la interrumpió el padre, resignado. La chica asintió.

   Ahora bajo, tengo un cuento que escribir. Me pones el plato en el micro, porfis dijo ella encantadora, con una amplia sonrisa que poco convenció a su padre. Él respondió con un escueto «está bien» y se marchó para dejarla terminar.

      En cuanto escuchó la puerta cerrarse, Andrea volvió al escritorio, tomó una hoja en blanco, un lápiz y se dispuso a escribir, sumida de nuevo en sus locos pensamientos: «¡Qué bueno que no tengo hermanos! ¡Porque si tuviera uno que robara mis discos creo que también lo mataría!... A ver, ¿Cómo empiezo? ¡Ah, sí! La chama absorta mirando la biblioteca… Se llamará Layla, como la canción…»

 

FIN


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