I
Layla se encontraba en la
habitación compartida con su hermano Eric, tratando de escribir un cuento para
la clase de literatura cuando de repente fijó su atención en la biblioteca al
observar el hueco de un libro faltante. «Claro, la novela de Agatha que le presté: ¡ya me había asustado!» pensó. Era demasiado celosa de sus libros. Sin
embargo, el temor no cesaba: «¿Y dónde tendrá el
libro? Ése que es más descuidado… el último que le di (Drácula ¿no?) me lo
devolvió con la tapa doblada…» se dijo a sí misma
mientras seguía recorriendo insistentemente la habitación con la mirada.
Un día, distraída subiendo por
las escaleras del edificio, Layla chocó por accidente con Andrea, la pelirroja
del piso 7. Cual viejas amigas se sentaron a charlar en los escalones del
pasillo, pues, hace mucho que no se veían. Layla notó un detalle poco usual en
ella, y preguntó:
—¿Qué tal esa camisa Andrea? ¿No sabía qué te gustaba el rock?
—Ah, ésta —respondió la chica bajando la mirada para observarse la prenda mejor—Bueno, no es que me guste la banda, pero el diseño me encantó ¡me luce para mis clases de electrotécnica! Además, de que te extrañas si tiene tu buen gusto; se la compre a tu hermano. De seguro le ayudaste a escoger la mercancía, ¿cierto?
Layla escuchaba en silencio.
Aquella era la camisa de AC/DC que tanto le había costado traer de la tienda
oficial en Canadá. Era de colección. Desde que la compró la mantuvo en su
empaque; nunca se la había puesto.
Ese mismo día se enteró que la
mitad de su ropa había sido vendida a la urbanización, lloró e hizo sus
maletas, dispuesta a no saber de Eric nunca más. En la noche tomó un autobús y
viajó al otro lado de la ciudad hasta la casa de su tío Jim, un solitario
militar retirado que la apreciaba por su carácter y no le negaría nada. Llegó a su destino a eso de las once
de la noche, bajo una lluvia torrencial, empapada, con el maquillaje
chorreando, los cuatro trapos que le habían quedado y
un Fallkniven recién usado oculto al fondo de su cartera,
para quedarse allí por siempre.
Ni ella, ni nadie, puesto que lo había matado.
II
…got me on my knees, Layla / I'm begging, darling
please, Layla / darling won't you ease my worried mind…
Poco a poco iba disminuyendo el sonido de la radio, y con él, los
últimos acordes de la guitarra de Clapton. La melodía cesó dando paso
a una voz masculina –nada musical– que la hizo saltar del asiento.
—¡Andrea! ¡Es que no escuchas que bajes a comer!
—¡Claro! Pero que vas a estar escuchando tú con esa música a toda mecha —agregó el hombre, mientras echaba un vistazo curioso al mar de discos en la cama de su hija.
—¡Ay, Dios! Me quede colgada pensando otra vez… Lo siento papá, bajaré en seguida: es que tengo un cuento por terminar y… ni siquiera he comenzado —dijo la chica, haciendo un mohín de disgusto con la boca.
—Cómo quieres terminar la tarea, niña, si te pones a divagar, y escuchando música, de paso…
—Es Unplugged papá, mi disco favorito, tu sabes… —dijo Andrea levantándose de la silla, corriendo a subir nuevamente el volumen a la radio —y sus temas no son cualquier cosa ¿eh?, son LOS temas. Escucha éste que sigue ¡Lo adoro!... One, two…
—Si niña, pero mientras tu escuchas “LOS temas” —replicó el padre, remedándola y haciendo el gesto de las comillas en el aire— tienes la comida fría ahí abajo.
—¡Papí vale! Estoy haciendo tarea, y cuando hago tarea escucho música: la música inspira, sabías. Es más, ya hasta tengo una idea.
—Lo que significa que no vas a comer entonces —la interrumpió el padre, resignado. La chica asintió.
—Ahora bajo, tengo un cuento que escribir. Me pones el plato en el micro, porfis —dijo ella encantadora, con una amplia sonrisa que poco convenció a su padre. Él respondió con un escueto «está bien» y se marchó para dejarla terminar.
FIN
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