
Estoy
en un punto de mi vida que podría llamar vacío fértil. Si tuviera
que compararme con los arquetipos del Tarot, sería el Arcano sin
nombre. Salí de mi patria, y allí dejé muerta y enterrada mi
adolescencia, mi juventud. Ahora estoy aquí, viviendo una nueva
etapa, hecho un hombre maduro; cosechando el fruto de algunos de mis
sueños de niño, viendo materializados mis pensamientos de joven,
creando la vida que pienso para mí. Me he liberado de la coraza de
creencias familiares, sociales, culturales. Se pudrió y se me cayó
de a poco esa piel envejecida, ajada, seca, que recubría mis huesos,
el forro de la pesada historia de mi familia y de mi país. Era casi
que un traje ridículo que me revestía mas no me representaba.
Enterrar esa identidad que me crearon, eso que me enseñaron a ser
fue lo mejor que me pudo pasar. Y no la ignoro, para nada. Hice
muchas cosas interesantes a partir de ella, porque creía en ella, y
estuvo bien. Pero no era lo mejor, tampoco la esencia. Me despedí
con tiempo de ese muchacho que era. Le dí santa sepultura: lo honro,
de vez en cuando le pongo flores. Le agradezco que haya abandonado
este plano terrenal para que yo sea. Con su muerte le hizo espacio a
la
verdadera
vida.
Llegué
al exilio en los huesos, como el arcano trece.
Estoy renaciendo. La
existencia
es un fondo negro como el espacio, para ser llenado de energía, de
una nueva luz, con nuevas estrellas. No soy ya la imagen que miro,
con la que se identifica —y
me identifican en—
el mundo allá afuera, soy la calavera que está detrás, símbolo
universal de lo humano. Me muevo en dirección al futuro, igual que
la figura en
el tarot;
esta vez desde el alma, que no tiene ningún revestimiento, ninguna
forma concreta. Soy
energía,
pulsión vital: la esencia que crea, que mueve todas las cosas.
También
soy
una osamenta. Esa es mi verdadera imagen. La que nadie ve pero allí
está, protegiendo mis órganos, sosteniendo toda mi estructura. Mis
huesos pelados evocan humanismo, humanidad. Mi
cráneo es la bóveda que custodia mi pensamiento. Y todo tiene su
origen en el pensar.
El pensamiento detona la acción, principio creador. No por nada
Aries, primer signo zodiacal, el iniciador, rige la mente, el
espíritu y la acción en el mundo. Todo lo que es, primero ha
sido pensado.
La
idea
impulsó la voluntad de crearlo. También de destruirlo,
de transformarlo, darle muerte para que (re)nazca
algo mejor. Escorpio, octavo signo, el regenerador, simboliza el fin
de la vida como la conocemos, la transmutación de la esencia, el
dejar ir para nacer
de nuevo. Ambos signos están implícitos en la treceava carta: vida,
muerte, acción, renovación. Todo a partir del destello de una idea,
de la lucidez, del entendimiento que es toda luz, una chispa, un
fogonazo en medio de la oscuridad.
El
mundo es duro, es difícil, a veces un verdadero horror, todos hablan
de ello. Les encanta. Es el tema diario de los noticieros, de las
redes sociales.
Lo que pocos saben
es
que en este mundo que parece no tener sentido el sentido se lo damos
cada uno de nosotros, con nuestra inteligencia y decisión. Todos
podemos elegir. Armar una estrategia para vivir, para alcanzar lo que
se desea, para aprovechar las oportunidades, para cambiar, para
servir, para ayudar. Elegir crear la vida, en lugar de amoldarse
obligados a la existencia,
a un mundo que disgusta. Sartre lo sabía: “Estamos condenados a
ser libres”, dice.
El pensamiento libera, porque crea. Piensa en la realidad que deseas,
cree en ella, créala.
Creer es crear
crear. Este es un mundo material, objetivo, sin alma, el alma está
en los sujetos, los seres que lo pueblan. El
mundo tendrá
el sentido que le demos. Quieres un mundo más humano, más
espiritual: ponle de tu inteligencia y espíritu. Lo que le sigue al
arcano trece es el ángel de La Templanza, el alma. Estoy
y voy hacia allá.
Todo
lo que vemos allá afuera, lo que llamamos mundo, son escenarios que
otros han creado, que sus vidas entrelazadas a
la nuestra
nos plantean. Pueden gustarnos, o repugnarnos. Si vivimos
en
una sucesión
de
escenario
nefastos,
naturalmente la vida será odiosa. Mejor
salirse
de ese mal teatro,
moverse, cambiar, ampliar la mirada, los horizontes. Ganar
una cosmovisión.
Comenzar
a ver mundo completo
y elegir
una bella ficción.
Elegir
conscientes cuales
personas, lugares, actitudes, situaciones, formas,
hacer parte de la
trama de
nuestra existencia. Escribir
me ha enseñado
a mirar la vida como el proceso de creación de un libro. Nuestra
existencia es una novela, cada página un día, cada año (o varios)
un capítulo, cada situación una escena, cada ser en nuestra vida un
personaje. Cada uno de nosotros es
el gran narrador
protagonista. Quien
se convierte
en el narrador testigo está
jodido. Somos
los autores de esta gran obra que es vivir. Si un personaje no nos
gusta, si
ya cumplió su rol en la historia, lo eliminamos. Si el
argumento
se nos escapa de las manos, lo
replanteamos. Si queremos introducir una nueva escena, un nuevo
capítulo,
lo hacemos.
Es nuestra historia. Nuestra pequeña
obra
de arte. La
más importante creación del Universo. Estamos aquí para hacer que
funcione. Vivir una
bella ficción
para nuestra satisfacción, eso lo es todo. Con eso basta. Ya no vivo
para el mundo que me vio nacer. Vivo para el mundo que voy creando
porque lo creo posible.
El
mundo de mis abuelos, de mis padres, el mundo en el que me crie de
pequeño caducó y está siendo enterrado. Son los restos a los pies
de la calavera, caput
mortuum.
Como sociedad, nos quedan algunos restos de piel en el esqueleto,
recuerdo de lo que fuimos, de dónde venimos. Pero la materia, la
estructura, ya está acabada: vamos hacia otro lugar, sin duda.
Ahora
tengo 30 años. Vivo una vida feliz, en paz. Superé
mi
primer retorno de Saturno, eso
es bueno. Muchos no pasan de los 27. Estoy tan tranquilo que parece
que estoy muerto, pero no: estoy renaciendo.
Aunque
no estoy muerto, cierta muerte era necesaria para la vida: mi vieja
identidad sepultada. Me he liberado de (casi) todas esas creencias
obsoletas, que la mayoría ni se da cuenta de que tiene, y la
generación anterior a la mía, esa que ignora la psicología humana,
el autoconocimiento, y le aterran las terapias, da por sentado y
normaliza. Porque así fueron educados. Y a su vez, así intentaron
educaron a nosotros: en las obligaciones, la moral y el deber ser; en
la insistencia en los dolores y la tragedia del mundo y que por eso
haz de hacer lo que te toca, soportar la vida aunque la odies;
criados en el miedo, a los golpes. Si el mundo es toda la tragedia
que vemos en las pantallas, lo es así lo cree la mayor parte de la
humanidad, y según lo que cree, crea.
Yo
creo desde el alma.
Y
tú que me lees ¿En qué crees? ¿Desde dónde creas?
FIN