Desde el Ratha Kalpana, alegoría narrada por Yama, el señor de la muerte, al pequeño iluminado Nachiketa en los comienzos del a Katha Upanishad, libro sagrado del inmemorial Sanatana Dharma, hasta la occidentalización de la historia en el famoso mito del carro alado platónico descrito en el Fedro, un diálogo más cercano a nuestra filosofía y cultura grecolatina, la metáfora del vehículo y la vía de manifestación del alma en el mundo ha funcionado porque explica claramente qué somos y cómo debemos manejarnos para funcionar en este mundo. En el camino hacia el Ser pleno el dominio de la mentalidad, el cuerpo y los sentidos, así como el equilibrio en la dirección de la energía vital es fundamental para no perderse.
En el Tarot, que es un pequeño compendio de sabiduría impresa en imágenes, existe una carta síntesis del Ser en su vehículo humano dirigiéndose hacia la realización. Es el arcano 7, El Carro. Un arcano mayor símbolo del ser humano integro, autoconsciente, realizado en sí mismo, listo para emprende el camino a la conquista de su propio reino y hacerse un lugar en el mundo.
El Carro: representa el cuerpo, la materia, incluso el linaje, la herencia de nuestros padres y familiares, tanto física, biológica, como cultural. El dosel estrellado representa nuestro cuadro guía espiritual, la protección y heredad de nuestros ancestros, esos bienes, dones y talentos pasados de unos a otros por generaciones, y también sus miedos, traumas y sombras, la historia familiar oculta. Todo eso hace parte de nuestra personalidad, por eso es tan importante, nuestro origen y valores fundamentales vienen de allí. Nos impulsan.
El auriga: es el ser que somos, el alma, nuestra consciencia: la mente consciente que dirige el cuerpo, los sentidos y la existencia en general. Todo a nuestro alrededor, nuestra situación, es producto de nuestras decisiones, elecciones, actitudes y modos de proceder. Nuestra mentalidad, pensamientos y creencias, es la que realmente nos hacen decidir cual es el camino a seguir. Pero más que una mente en un cuerpo, somos un alma, un ser consciente de todos los recursos a su disposición para abrirse paso y construir su propio lugar en el mundo. El auriga es un príncipe que abandona el hogar, la patria, la fortaleza sus padres — el Emperador y la Emperatriz— para conquistar un territorio para sí y establecer un nuevo reino. Ese viaje que emprende creyendo conquistar el mundo se trata más bien de la conquista de sí mismo. El ser humano se cree dueño de sí amparado en su sistema de creencias, ideologías, cultura, patria y familia, desconoce que ha sido formado para creer que esas estructuras familiares, sociales, culturales, son determinantes, inflexibles. No es hasta que comienza a pensar por sí mismo, a cuestionar si sus ideas son realmente suyas, a sentirse atraído por conceptos distintos a todo lo que le es familiar, cuando descubre su propio valor y ser auténtico. Hay que desligarse de lo conocido y explora el mundo y su diversidad para descubrir quién se es en realidad. Allí despierta la consciencia, el verdadero faro de luz guía en el camino de la vida.
Cabe destacar que el auriga no lleva riendas. En muchos textos las riendas son un símbolo de control mental, racional. No obstante, aquí no se trata de control sino de consciencia. La consciencia de ser dirige y guía la mente, el cuerpo, las emociones, los sentidos. No somos un alma habitando un cuerpo, somos un cuerpo animado, impulsado por el Ser. Sólo la consciencia ilumina, guía, organiza, incluso en medio del absoluto caos.
¿Por qué hay tantas mentes inteligentes, racionales, al servicio del caos y el mal? Porque no tienen consciencia de ser. Ignoran por completo su alma, su esencia, ergo la del resto de los seres. En su profunda ignorancia, el daño que hacen al resto de los seres tarde o temprano — en esta u otras vidas— los alcanza.
Las esfinges: son símbolos universales de sabiduría, poder y vigilancia. La mente ha de ser sabia y estar atenta. Las mismas figuras proponen un contraste, no sólo de energía y polaridades, también de culturas. Una blanca, símbolo de la energía yang/pasiva/masculina, representando la fuerza, sapiencia, majestad y poder real tal como eran concebido por los egipcios; otra negra, simbolizando la energía yin/pasiva/femenina en representación de la adivinación, el misterio, el engaño, los acertijos, desafíos y peligros que plantea la existencia, únicamente resueltos con astucia e inteligencia, según creían los griegos. Pero ambas un emblemas de conocimiento. Remiten no sólo a las creencias, también a los sentido y sentimientos humanos, que desbocados cada uno por su lado pueden causar estragos, hacernos perder el norte; estrellarnos, sacarnos del camino. Pero acá, en la imagen, aún sin riendas que las sostengan están tranquilas, quietas, dominadas a los pies del ser consciente. Porque en este mundo dual, las fuerzas opuestas son complementarias, dos caras de una misma moneda, y no es la inteligencia sino la consciencia quien encuentra el balance perfecto entre ambas fuerzas en acción, usándolas a su favor, para el desarrollo y avance en medio de la existencia.
El castillo: representa el reino de los padres, la patria, el hogar de la infancia, el linaje; los principios y valores familiares, sociales, culturales, inculcados desde el nacimiento. Todo eso es nos provee de herramientas, dones y talentos; de un origen y un sitio para estar en el mundo. No obstante, es una herencia (que puede perderse o ser arrebatada), no una creación propia, auténtica. En algún punto de la vida el ser humano en evolución siente la necesidad de mirarse y mirar más allá del entorno conocido. Explorar aquello que está más allá del palacio, como el Buda. Cuando uno está listo emprende su propio camino, ataviado con una identidad que puede ser afianzada o reinventada y enriquecida desde la propia experiencia vital. Fuera de la fortaleza familiar existe todo un mundo por descubrir. El ser lo sabe y toma el impulso, a pesar del miedo y las limitaciones, pues, la única manera de explorarse y reconocerse en todo su potencial: ampliando su perspectiva más allá de cualquier frontera impuesta. Algún día podrá volver al origen trayendo consigo nuevas riqueza, recursos, experiencias, sabiduría para compartir, honrar su linaje, elevar el legado.
El arcano 7 es la carta del movimiento evolutivo, de un transito en búsqueda de desarrollo personal una vez hemos reconocido lo que somos y tenemos claro hasta donde deseamos llegar. Más que un viaje, es un destino: ninguna persona puede escapar a la experiencia de ser. Si la persona se resiste, de alguna forma la vida y las circunstancias la empujan a avanzar. La gran tragedia sería huir. Hay que decidirse a dar lo mejor, a ser conscientes de la vida y el camino a emprender. Esa decisión es crucial en la dirección hacia un destino luminoso.
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