Sigo en la lectura del Diario de escritora de Virgina Woolf, entendiendo en lo que puedo su desasosiego, depresiones constantes, su desesperación; todas esas altas y bajas anímicas que la agotaron hasta finalmente suicidarse. Me recordó a Sylvia Plath, mujer y poeta intensa, de una pluma portentosa, brillante, asfixiada por la rutina y la vida marital, sufriendo por no poder ser totalmente ella, lo que la llevó a perseguir y ejecutar una enloquecida y terrible muerte. Entonces, yo me asomo al abismo de biografías suicidas como estas, y me miro. Soy igual de profunda, intensa, sensible hasta la médula, odiando las mismas cosas que ellas. Es sólo que sé mantener la cordura y el aplomo frente a este mundo tan agobiante. El mundo me agobia porque no tengo más nada que hacer en él, salvo cerrar ciertos ciclos, cumplir con mi dharma, hasta trascender. Hace rato que puse fin a la incertidumbre en la Comprensión Última del Ser. Me tomé en serio la tarea de entender(me), gané una cosmovisión — advaita vedanta— que me reafirmó quién soy, de dónde vengo y a dónde voy. Tengo clara tanto mi esencia como mi existencia.
Mi cosmovisión me muestra el sinsentido del suicidio, mas no por eso juzgo a los suicidas. Porque conozco el peso que carga el alma sensible soportando este mundo.
Siempre he tenido motivos de sobra para vivir, una amplia consciencia, e igualmente ha sido un esfuerzo titánico sacarme de encima el espeso velo de sombras e ignorancia opacando mi mirada. Únicamente en consciencia de Ser que soy —que somos todos— pude despojarme de la ilusión, reconocerla, para volver a entrar en ella con lucidez y discernimiento. En cambio estas mujeres (y tantas otras y otros suicidas) marcadas por la época y el propio contexto que les tocó vivir, aunque con enorme espíritu y la mayor preparación intelectual, como yo lo veo, carecían de herramientas espirituales. Nada ni nadie les enseñó como encontrarse a sí mismas y no quedar absortas en el mundo y sus problemas. El drama humano las rebasaba; para tanta sensibilidad no había paz; nadie les hizo entender, ni ellas lograron discernir que esa paz tan necesaria no viene de afuera, porque nace de adentro.
Esa desinformación acerca de la esencia espiritual es cultura occidental. No somos educados para ir hacia adentro, dejar de perseguir las cosas del mundo y encontrarnos a sí mismos allí en la morada interior. Todo o contrario, nos forman para acumular de todo, desde bienes hasta conocimientos, y esa acumulación nos entretiene, nos dispersa, nos desvía de lo esencial: el alma. En Oriente, los herederos de filosofías milenarias como el Tao, el budismo, el hinduismo, más allá de las religiones, castas, doctrinas, están más curtidos en los asuntos del alma que los grecolatinos. La cultura occidental se sigue preguntando sobre Dios, si existe o no, mientras los orientales se saben uno con la totalidad del cosmos, el Ser en esencia, que en general se denomina Dios. Creyentes o no, ateos o religiosos, todos sin excepción somos seres espirituales con esa esencia divina más allá de lo humano. Esa Realidad Última, ese Dios, determina la totalidad de la existencia. Toda vida empieza y termina allí, en su esencia.
Cuando no se vive consciente de esta verdad capital, se sufre, se padece la existencia a tal punto que uno sólo quiere irse, abandonar este mundo en apariencia injusto, lóbrego.
No vale la pena condenar o intentar convencer a quien ya ha tomado la decisión de cortar abruptamente con su existencia. En especial cuando su experiencia vitales insoportable. Demasiado.
Chop Suey!, ese himno heavy presentado por System of a Down, de alguna manera recuerda a los orígenes armenios de los integrantes de la banda, hijos de supervivientes del genocidio; algo similar sucedió después con el holocausto judío, y aún hoy en día seguimos teniendo guerras por religión, por territorio (islamización promovida por el terrorismo, rusificación ¡todavía en pueblo de Ucrania lidia con eso! Una completa locura), y en estos duros escenarios de muerte y desolación alguien puede tomar la decisión de matarse aún considerando el suicidio pecado, o simplemente pensando que es una salida más rápida, incluso más digna, al horror de la persecución, la represión, el asesinato, la tortura, la violencia. ¿Es esto un suicidio justificado? Para muchos, sí. Es su decisión frente a las circunstancias.
Nadie tendría que pedir permiso para irse de una lugar donde le tortura estar, ya sea una mala relación, un mal trabajo, o una mala vida. Pero de la mala vida se sale moviéndose del lo falso a lo Real, hacia la esencia, no matándose. Puedes pasar a mejor vida estando aquí, ahora, vivo. Presente. Cuando se toca fondo lo que queda es impulsarse y subir. Esa oscuridad nos propone encender la luz que hay en cada uno de nosotros. Cuando el mundo nos desilusiona, es una bendición. Salimos de la ilusión, quedamos completamente libres de mirar la realidad. Allí se prueba nuestra fortaleza, templanza, y consciencia de Ser. Toca volver a lo esencial, a las razones para vivir, abrazarlas; decidirse a sobrevivir. Porque todo pasa, por más duro que sea. Vale la pena resistir para vivir mejores tiempos. En este mundo dual, cambiante, la oscuridad es sólo ausencia de luz. Esa luz que hace falta —lucidez, entendimiento— la ponemos nosotros.
Aunque el deseo sea intenso, no merece la pena arrojarse al abismo. Ojalá Virginia, y sobre todo Sylvia, quien tomó esa fatal decisión con tan solo 30 años, lo hubieran sabido.




